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pero te siento sonreír aunque no existas.
Cómo no saberte, si te he vivido siempre
en la tibieza inquieta de mis entrañas…
He oído tu trino en mis propias esperanzas,
y acaricio tu frente dormida en mi regazo.
A veces, queda, refugio una barriga plena
en tu mirada colmada de soles, embriagada.
Tanto te espero que te tengo ya conmigo,
y siento el anverso de mi tacto trocado por tu abrazo.
Entonces palpito tus latidos en mi pecho adolorido
con suspiros repletos de mañanas mejoradas…
Te añoro tanto, hijo mío,
aunque no vengas aun a mi llamada.
Porque sin ser tú de carne ni susurro de alma
justificas mi presencia en esta tierra desolada.