
me marcho vacía y yerta,
estéril, con el alma en jirones,
con las esperanzas enrabiadas.
Te abandono desnuda para salvarme
de mis escasas verdades burlonas
y tus incontables quimeras inciertas.
La asfixia de mis verdades quedas
puede más que tu indecisión perenne.
Declinaste, y hoy te dejo.
Escapo desesperada
de tu infierno gatorpardiano
para encerrarme agónica
en mis temores vueltos sangre.
La carcajada macabra de la injusticia
desgarró otra vez mis sentires entregados,
sinceros, ciertos, transparentes...
Advertí el dolor a destiempo,
cuando el epílogo del puñal
silente ya brillaba en mi pecho confiado.
(La gratitud, amado, ofende más que el desprecio)
La simiente pisoteada yace llorosa
en el desierto de las opciones erradas,
de los amores destentados,
de las melancolías crónicas,
de las profecías autocumplidas.
¿Qué tienes tú?
¿Qué sabes tú, qué entiendes?
Quédate con lo no vivido,
con los sueños de aire,
con el hermoso hijo nonato
y la paz de fieltro tibio que repulsaste.
Quédate con la perfección truncada
por los temores al fracaso;
aférrate a las figuras bellas por fuera
pero podridas por dentro.
Quédate con las soledades seductoras,
tú, tembloroso ser de luz cegado
por las tinieblas, sin fe ni voluntad,
superado por el miedo y por la abulia.
Quédate con esa aciaga comparsa demoníaca…
Baila así entre los errores, el dolor, el sufrimiento,
la sordera, el grito y el llanto.
Quédate con tus amantes asesinas,
oficiando cual marioneta volitiva de terceros enfermos.
A la fuerza, no es cariño.
Eso quieres, eso buscas… eso tienes.
N. de la R.: Las emociones vertidas en este poema no corresponden necesariamente
a la inmediatez de lo que le sucede a la autora.