Debo reconocerlo: soy egoísta. Y algo celosa incluso, de mí misma sobre todo. Me enferma que otros se abroguen mis logros, mis afectos, mis afinidades y mis gustos.
Que me roben las ideas, los refranes, las analogías y los chistes, me enferma (que al menos reconozcan la fuente original, tipo "agradecimientos a..."). Que se metan en mi metro cuadrado, cuando yo no he invitado a pasar, me causa urticaria. Que me provoquen, jugando con los límites de mis espacios compartidos a través de familiares y amigos, también. Me jode. Y tal.
He tenido mil experiencias de esas a lo largo de la vida... Mi mamá tenía la horrorosa costumbre de leer mis diarios de vida y de registrar mi pieza por hobbie; tuve más de un conocido (Jesús) y conocida (Giselle) que quiso ser mi amigo/a a toda costa y terminó siendo un parásito imposible de extirpar, a lo tipo Pepe Le Pouf ("Cóguete, zogillo apestosooooo"; léase afrancesado, por favor) o, peor aun, con ribetes psicopáticos a lo "Mujer Soltera Busca" (sin mayores comentarios). Varios personajes que he querido que desaparezcan de mis anales afines se han negado a esfumarse de los espacios originalmente míos o complementarios a mí... y dale que dale: aparecen una y otra vez, campantes y felices, "frescos y naturales después del postre", como si nada hubiera pasado. Y a mí su mera presencia me deja al borde de una explosión duodenal.
Y entonces me da por darle vueltas al tema de la tolerancia y la paciencia; porque claro, hay que tenerle piedad al prójimo, que muchas veces no entiende un "no", un "nunca" o un "vete" con la fluidez que una quisiera. Sin embargo, no puedo evitarlo... Porque pienso que a veces lo hacen de manera premeditada, por la pura delicia morbosa de hacerme rabiar hasta casi el desquicie.
Es un ají por el culo, la verdad. Y de los putamadre.
Claro, una puede gritar y bramar hasta el cansancio cuando las "apariciones" o "intromisiones" tienen que ver directamente con una misma, para eso es mi espacio y tengo siempre derecho a pataleo. Pero, ¿Qué pasa cuando la persona que esperamos que la tierra se trague misteriosamente insiste de improviso en frecuentar lugares que antes te resultaban propios, tangencialmente por el hecho de pertenecer a gente cercana a tus afectos? Es una realidad enervante.
Pero existe. Hoy mismo me pasó, al revisar peregrinamente los blogs de algunos amigos. Es un hecho: los amigos no son propiedad privada. Pero qué quieren que le haga... me empelota que otros se abroguen a mis amigos como tales, sobre todo sabiendo que no lo son.
He dicho.