No me angustiarán más las rosas blancas, ni las constantes llegadas tarde, ni los mensajes de texto recibidos o enviados, ni los comentarios en el facebook.
No volveré a sentir como maldito el italiano, ni las canciones de Los Búnkers, ni me resultarán odiosas las tardes de fútbol o la música fuerte.
No volveré a ver partir mi guitarra, sabiendo que tocará para otros oídos ávidos.
No me dolerá la falta de sexo, ni de caricias, ni de sonrisas cómplices o de besos apasionados.
No volverá a dolerme la indiferencia.
No quiero volver a vivir en la desconfianza, en la búsqueda de culpables, en el resquemor y la incertidumbre.
No quiero más desamparo.
Limpiaré mi memoria de tantos y tantos dolores, y tantas angustias de ausencia.
No quiero ser la sombra de nadie, ni siquiera de un revolucionario ni una estrella de rock, porque no quiero aparecer en los libros de historia, ni ser famosa e importante.
No quiero morir por una causa titánica, sino por la mía, que es muchísimo más simple.
Sólo quiero olvidar la carencia crónica para ser feliz en mi propia abundancia y plenitud.
Y si alguien quiere caminar alguna vez conmigo, a punta de errores y esperas inconclusas, aprendí que debe ser en completa reciprocidad.
