Hoy quisiera hablar de una mujer que pese a padecer todos los dolores del infierno en vida, ensañándose la vida con ella de una forma muy ingrata, supo volver sus penas en luz y sensibilidad.
No voy a dar una cátedra sobre esta mexicana de tomo y lomo, gritona, extrovertida, bebedora y fumadora empedernida y marxista hasta la médula, que con sus pinturas entregó los matices perfectos para el movimiento llamado muralismo. Para eso está Wikipedia y otros lugares afines. Sin embargo, resumiré un poco esta historia que tanto me marca y me llega.
Sufrió poliomelitis, enfermedad que deformó una de sus piernas y por lo que rengueó en la época en la que podía caminar; vivió un accidente horrendo en su adolescencia en el que un fierro atravesó su cuerpo de la cadera a la vagina, lo que le provocó tantas penurias (entre ellas múltiples abortos espontáneos y más de 33 operaciones) que debió permanecer postrada gran parte de su vida...
Pues ella es ella, Frida. Apasionada como pocas y de un gran amor maldito, pero maldito, con M mayúscula... Diego Rivera ha de ser el principal exponente del muralismo mexicano. Si bien se casaron en un agosto cuando ella tenía 22 años y él 42, Frida sintió un amor irrefrenable por el artista desde que lo vio por vez primera cuando apenas tenía 14 años.
Tanto se amaron y tanto se odiaron que en medio tuvieron mil infidelidades y hasta se casaron dos veces. Incluso Rivera se metió con una de las hermanas de Frida (Cristina tenía que llamarse la lindura), y ella por su parte tuvo amores con el conocidísimo León Trotsky (gran amigo y camarada de ambos).
En este "recreo" intermedio, que no alcanzó el año, vivieron en dos casas separadas pero conectadas entre sí... Daba la impresión de que no sabían existir sin el otro. Fueron tan felices como desdichados; esta relación enfermiza quebró a Frida al punto de reflejar en sus pinturas a dos mujeres, una con Diego, y otra sin él. De hecho, todas su pinturas reflejan a Rivera, de manera simbólica o explícita. Sin Diego, cayó en excesos de todo tipo. Era tanta su devoción, que incluso cuando supo que le amputarían una pierna escribió en su diario de vida "Ojalá y pueda, ya caminando, dar todo el esfuerzo que me quede para Diego, todo para Diego".
La vida de esta mujer giró así en torno a sus tres pasiones, todas refundidas en una sola. La primera pasión fue la pintura; la segunda, su partido, y la tercera, su Diego adorado. Y en él se alhajaban (y alojaban) las dos primeras... ¿Cómo no amarlo de ese modo? Ambos vivieron una devoción devastadora, en la que la crítica y la admiración parecieron dos caras de un mismo espejo.
Falleció a los 47 años, y una vez sin Frida, Diego se derrumbó... (pese a que se volvió a casar, hay que decirlo). Valen sus declaraciones como testimonio: "Demasiado tarde me di cuenta de que la parte más maravillosa de mi vida había sido el amor que sentía por Frida".
Y ella... ella, sobre su amor maldito y absoluto, alguna vez escribió esto:
"Diego, principio
Diego, constructor
Diego, mi niño
Diego, mi pintor
Diego, mi amante
Diego, mi esposo
Diego, mi amigo
Diego, mi padre
Diego, mi madre
Diego, mi hijo,
Diego, yo
Diego, universo."
N. de la R.: Todo esto viene porque hoy leí en el periódico que este año se cumplen 100 del nacimiento de Frida, y 50 de la muerte de Diego. Y que por esto, la colonia mexicana radicada en Madrid rindió un homenaje a la artista plástica construyendo un altar de muertos en su honor, en el Museo de América, que permanecerá expuesto todo el mes de noviembre.
La costumbre de realizar estos altares contempla, según supe, de agua, sal, velas, frijoles, pan de muertos, alimentos, dulces y bebidas típicas de México, así como calaveras de azúcar (unos dulces que me imagino han de ser muy buenos).
La muestra incluye una sere de fotografías de la pintora e ilustraciones de algunos de sus cuadros más famosos, como Las dos Fridas (la segunda imagen de este post).
Vaya mi cariño enorme para quienes pasean por aquí.